Tomás Rueda Vargas

Maestro, escritor y hombre de la Sabana

Tomás Rueda Vargas nació en Bogotá el 18 de septiembre de 1879 y murió en la misma ciudad el 25 de julio de 1943. Escritor, periodista, educador, historiador y hombre público, fue uno de los fundadores del Gimnasio Moderno y una de las figuras intelectuales más singulares de la Colombia de la primera mitad del siglo XX. Miembro de la Academia Colombiana de Historia y de la Academia Colombiana de la Lengua, director de la Biblioteca Nacional y varias veces rector del Gimnasio, dejó una obra literaria estrechamente vinculada con Bogotá, la Sabana, la historia y la educación.

Fue hijo del médico Manuel Rueda Jara y de Paulina Vargas Vega. Su padre murió cuando Tomás apenas tenía tres años, por lo que su educación quedó fundamentalmente en manos de su madre, de su abuelo materno y de sus hermanas mayores. En aquel ambiente familiar aprendió las primeras letras y comenzó una formación que, más que seguir los caminos académicos convencionales, terminaría construyendo por cuenta propia.

El escritor y periodista

La palabra fue una de las grandes herramientas de Tomás Rueda Vargas.

Escribió para numerosos periódicos y revistas y estuvo estrechamente vinculado con el desarrollo del periodismo colombiano de comienzos del siglo XX. En 1911 participó en los primeros años de El Tiempo y llegó a asumir temporalmente su dirección. También escribió sobre política, historia, educación, literatura, costumbres y asuntos nacionales.

Pero quizá ninguna materia le perteneció tanto como la Sabana de Bogotá.

Don Tomás la conocía minuciosamente: sus caminos, haciendas, montañas, árboles, animales, campesinos, historias y leyendas. No la contemplaba simplemente como un paisaje. Era para él un territorio vivo en el que podían leerse simultáneamente la naturaleza, la historia y el carácter de sus habitantes.

Ese conocimiento quedó plasmado en buena parte de su obra. Entre sus libros sobresale La Sabana de Bogotá, publicado en 1926, junto con numerosos ensayos, relatos históricos, estampas y evocaciones posteriormente reunidos en colecciones de sus escritos. El Instituto Caro y Cuervo clasificó su obra en grandes núcleos que revelan la amplitud de sus intereses: historia, personajes, la Sabana, Bogotá, política y periodismo, crítica, ejército, educación y el Gimnasio Moderno.

Su prosa se caracterizó por la claridad, la elegancia y un profundo sentido de la conversación. No necesitaba adoptar el tono solemne del intelectual para demostrar su cultura. Su influencia surgía precisamente de la naturalidad con la que podía convertir una conversación, un recuerdo o una escena cotidiana en una reflexión sobre Colombia.

Colombia como preocupación

La literatura de Rueda Vargas estuvo atravesada por una preocupación permanente por el país.

Fue liberal, aunque su pensamiento político estuvo marcado por una independencia que le permitía reconocer razones incluso en quienes sostenían posiciones diferentes de la suya. El libro de Gonzalo Mallarino destaca precisamente esta característica: en las polémicas no ignoraba los argumentos contrarios ni se dejaba arrastrar por ellos. Tomaba posición después de examinar los problemas desde su experiencia y su cultura.

Participó también en la vida política. Fue concejal de Bogotá, diputado a la Asamblea de Cundinamarca y representante a la Cámara. Sin embargo, la política electoral nunca constituyó el centro de su trayectoria.

El propio Gimnasio Moderno en la vida colombiana hace una distinción esclarecedora: don Tomás no hacía propiamente política; influía en ella. Su ascendiente provenía de la amistad y del diálogo con escritores, gobernantes e intelectuales que encontraban en él una voz independiente y un criterio moral.

Fue también un estudioso de la institución militar y escribió ampliamente sobre el Ejército colombiano. Le interesaba la formación de los soldados, la profesionalización militar y la relación entre las Fuerzas Armadas y la construcción de la nación. Después de su muerte, varios de aquellos textos fueron recogidos bajo el título El Ejército Nacional.

El encuentro con los fundadores del Gimnasio

Cuando Agustín Nieto Caballero regresó a Colombia en 1913 con la intención de transformar la educación, Tomás Rueda Vargas tenía treinta y cuatro años y ya era reconocido dentro de los círculos intelectuales bogotanos.

Su relación con los Samper venía de antes.

José María Samper Brush había recurrido a él para colaborar en la introducción y organización del movimiento de los Boy Scouts. Entre ambos existía una amistad nacida, en buena medida, de una preocupación común por Colombia y por la formación de los jóvenes.

Por eso su llegada al grupo que dio origen al Gimnasio Moderno no fue accidental.

Gonzalo Mallarino propone una interpretación particularmente útil para comprender el papel de los principales fundadores: Agustín Nieto Caballero representaba el pensamiento pedagógico; José María y Tomás Samper Brush eran los hombres de acción capaces de darle al proyecto bases materiales y funcionales; Tomás Rueda Vargas fue la mente que vinculó esas dos dimensiones y contribuyó a darle al Gimnasio un sentido cultural más amplio.

Ese papel resulta esencial para comprenderlo.

Don Tomás ayudaba a convertir ideas generales en soluciones posibles. Tenía, según el mismo libro, una extraordinaria capacidad para sintetizar el pensamiento plural de un grupo humano en propuestas realistas y convenientes.

Maestro antes que pedagogo

Su vinculación con el Gimnasio tuvo además una particularidad.

Tomás Rueda no se consideraba pedagogo.

En una carta dirigida en 1919 al historiador y educador español Rafael Altamira, llegó a afirmar con humor que sus conocimientos pedagógicos eran «absolutamente nulos». No poseía la formación especializada de Agustín Nieto ni pretendía tenerla. Sin embargo, sabía que la enseñanza no dependía exclusivamente de teorías y métodos: necesitaba entusiasmo, afecto, capacidad de asombro y una relación auténtica entre maestro y alumno.

Y en eso, don Tomás era profundamente maestro.

Su vocación estaba relacionada con una de sus mayores cualidades: la conversación. Sabía escuchar, preguntar, contar historias y conducir a otros hacia una reflexión sin necesidad de imponer conclusiones.

El Gimnasio encontró en él una forma de autoridad particularmente compatible con la disciplina de confianza que comenzaba a construir.

Una rectoría que comenzó a las seis de la mañana

Su llegada a la Rectoría del Gimnasio tuvo algo de improvisación y mucho del espíritu de aquellos primeros años.

En marzo de 1918, una dificultad entre Tomás Samper Brush y el entonces rector Pablo Vila dejó repentinamente al colegio sin director. A las seis de la mañana, Tomás Samper y Gustavo Santos llegaron hasta Santa Ana, la propiedad de Rueda Vargas, para pedirle que asumiera la Rectoría.

Los estudiantes llegarían a las ocho.

Dos horas después, el Gimnasio tenía nuevo rector.

Don Tomás permaneció en el cargo hasta finalizar 1920.

Resulta revelador que, apenas un año después de asumir, estuviera ya pensando en quién debía reemplazarlo. Consideraba que permanecer demasiado tiempo al frente de una institución educativa podía conducir a la rutina y al autoritarismo. Para él, dirigir un colegio significaba conservar la capacidad de sorprenderse, escuchar y cambiar.

Volvería posteriormente a ocupar la Rectoría en distintas etapas. La historia institucional registra sus períodos de 1918 a 1920, 1922 a 1924 y 1928 a 1933. En conjunto, el Gimnasio lo recuerda como rector en seis ocasiones.

Su relación con el colegio, sin embargo, nunca dependió del cargo.

Fue maestro, consejero y una de las grandes referencias morales de sus primeros estudiantes.

La cuestión religiosa

Rueda Vargas desempeñó también un papel importante en uno de los asuntos más delicados de los primeros años del Gimnasio: su relación con la Iglesia.

La nueva institución había sido señalada por algunos sectores como liberal y anticlerical. Don Tomás comprendía que aquella interpretación nacía de las profundas divisiones políticas y religiosas heredadas del siglo XIX.

Su posición buscaba superar esa falsa disyuntiva.

Las familias podían profesar sinceramente la fe católica sin aceptar una educación dominada por posiciones políticas conservadoras; del mismo modo, una institución independiente podía impartir formación religiosa sin convertirse en instrumento de un partido.

Por eso defendió que el Gimnasio fuera independiente tanto del sectarismo político como del dogmatismo, sin renunciar a la formación religiosa que deseaban sus familias.

Esta capacidad para encontrar un espacio de encuentro entre posiciones enfrentadas fue una de sus contribuciones más profundas a la cultura institucional del colegio.

Una vida entre la educación y la cultura

La influencia de Tomás Rueda Vargas trascendió ampliamente al Gimnasio.

En 1924 colaboró con la Misión Pedagógica Alemana convocada por el gobierno de Pedro Nel Ospina. Posteriormente dirigió la Biblioteca Nacional de Colombia y fue rector del Colegio Nacional de San Bartolomé. Perteneció a la Academia Colombiana de Historia y a la Academia Colombiana de la Lengua.

Sin embargo, incluso cuando desempeñaba responsabilidades públicas, su identidad permanecía vinculada al campo, los libros y la conversación.

Su hacienda de Santa Ana, en Usaquén, fue uno de los centros de su vida familiar e intelectual. Allí recibía amigos, escritores, políticos y antiguos alumnos. Desde aquel lugar contemplaba una Sabana que cambiaba rápidamente mientras Bogotá comenzaba a extenderse hacia el norte.

Don Tomás pertenecía a esa rara especie de intelectuales que podían moverse entre una biblioteca y una finca sin sentir que abandonaban un mundo para entrar en otro.

La naturaleza como escuela

Una de las afinidades más profundas entre Tomás Rueda Vargas y el proyecto del Gimnasio fue su relación con la naturaleza.

Mucho antes de que la expresión «educación ambiental» existiera, don Tomás comprendía el campo como un espacio de conocimiento. Para él, detrás de cada árbol, cada flor, cada animal y cada camino de la Sabana había algo que aprender. El propio Gimnasio lo recuerda como un hombre que conocía aquel territorio «palmo a palmo».

Esta sensibilidad encontraba un lugar natural en una escuela que había convertido las excursiones en parte esencial de su pedagogía.

Salir del salón significaba aprender directamente del mundo: observar una planta, reconocer un pájaro, atravesar una montaña, conversar con un campesino, descubrir la geografía y comprender la historia en los mismos lugares donde había ocurrido.

La imagen de don Tomás caminando y conversando por los prados del Gimnasio junto a Agustín Nieto Caballero y Ricardo Lleras Codazzi, conservada por la historia gráfica del colegio, sintetiza bien aquella concepción.

La cuestión religiosa

Rueda Vargas desempeñó también un papel importante en uno de los asuntos más delicados de los primeros años del Gimnasio: su relación con la Iglesia.

La nueva institución había sido señalada por algunos sectores como liberal y anticlerical. Don Tomás comprendía que aquella interpretación nacía de las profundas divisiones políticas y religiosas heredadas del siglo XIX.

Su posición buscaba superar esa falsa disyuntiva.

Las familias podían profesar sinceramente la fe católica sin aceptar una educación dominada por posiciones políticas conservadoras; del mismo modo, una institución independiente podía impartir formación religiosa sin convertirse en instrumento de un partido.

Por eso defendió que el Gimnasio fuera independiente tanto del sectarismo político como del dogmatismo, sin renunciar a la formación religiosa que deseaban sus familias.

Esta capacidad para encontrar un espacio de encuentro entre posiciones enfrentadas fue una de sus contribuciones más profundas a la cultura institucional del colegio.

La muerte de don Tomás

El 25 de julio de 1943, a los 63 años —a pocas semanas de cumplir 64—, Tomás Rueda Vargas murió en su casa de la hacienda Santa Ana.

El Gimnasio perdía a uno de los hombres que habían participado en su fundación y que lo habían dirigido, en palabras de su historia, con «mano amorosa y mente clara».

Su muerte produjo numerosas manifestaciones de pesar en el país. Había llegado a ocupar un lugar difícil de definir mediante un cargo: escritor sin pretensiones de celebridad, político poco interesado en hacer carrera política, educador que decía no saber pedagogía y hombre de campo cuya cultura podía dialogar con algunos de los intelectuales más importantes de su tiempo.

El Gimnasio Moderno lo recordó cariñosamente como «el Orejón Sabanero» y conserva su nombre entre las figuras fundamentales de su historia.

El sentido de su legado

Tomás Rueda Vargas fue uno de aquellos hombres para quienes Colombia no era una abstracción.

Era la Sabana que recorría, los campesinos con quienes conversaba, los árboles y animales que sabía nombrar, la historia que estudiaba, las instituciones que quería mejorar y los jóvenes a quienes intentaba enseñar a comprender su país antes de pretender dirigirlo.

Esa característica permite entender su lugar dentro del grupo fundador del Gimnasio Moderno.

Agustín Nieto Caballero aportó la gran visión pedagógica. José María y Tomás Samper Brush proporcionaron buena parte de la capacidad empresarial y material que permitió convertirla en realidad. Tomás Rueda Vargas aportó algo diferente: ayudó a darle alma colombiana a aquel proyecto.

Comprendió que una escuela moderna no debía significar una escuela ajena. Era posible conocer las ideas de Europa y los Estados Unidos, aprender de ellas y utilizarlas sin perder la relación con la historia, el paisaje y la cultura propios. El libro de Mallarino lo define precisamente como la mente que enlazó las distintas fuerzas del grupo fundador y contribuyó a ampliar el sentido cultural del Gimnasio.

Quizá por eso su obra escrita y su obra educativa parecen surgir de una misma raíz.

En ambas enseñó a mirar.

Mirar un paisaje y descubrir que contiene una historia. Mirar el pasado sin convertirlo en nostalgia vacía. Mirar una idea extranjera sin copiarla ciegamente. Mirar una controversia reconociendo también las razones del contrario. Y, sobre todo, mirar a Colombia con suficiente afecto para comprender sus defectos sin dejar de creer en sus posibilidades.

Ese fue, probablemente, el magisterio más profundo de don Tomás Rueda Vargas.